|
Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la Liturgia de la Palabra del proximo domingo, II del Tiempo Ordinario.
* * *
II Domingo del Tiempo Ordinario
Isaias 49, 3.5-6; I Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34
«¡He ahi el Cordero de Dios!»
En el Evangelio escuchamos a Juan el Bautista que, presentando a Jesus al mundo, exclama: «¡He ahi el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo!». El cordero, en la Biblia, y en otras culturas, es el simbolo del ser inocente, que no puede hacer daño a nadie, sino solo recibirlo. Siguiendo este simbolismo, la primera carta de Pedro llama a Cristo «el cordero sin mancha», que, «ultrajado, no respondia con ultrajes, y sufriendo no amenazaba con venganza». En otras palabras, Jesus es, por excelencia, el Inocente que sufre.
Se ha escrito que el dolor de los inocentes «es la roca del ateismo». Despues de Auschwitz, el problema se ha planteado de manera mas aguda todavia. Son incontables los libros escritos en torno a este tema. Parece como si hubiera un proceso en marcha y se escuchara la voz del juez que ordena al imputado a levantarse. El imputado en este caso es Dios, la fe.
¿Que tiene que responder la fe a todo esto? Ante todo es necesario que todos, creyentes o no, nos pongamos en una actitud de humildad, porque si la fe no es capaz de «explicar» el dolor, menos aun lo es la razon. El dolor de los inocentes es algo demasiado puro y misterioso como para poderlo encerrar en nuestras pobres «explicaciones». Jesus, que ciertamente tenia muchas mas explicaciones para dar que nosotros, ante el dolor de la viuda de Naim y de las hermanas de Lazaro no supo hacer nada mejor que conmoverse y llorar.
La respuesta cristiana al problema del dolor inocente se contiene en un nombre: ¡Jesucristo! Jesus no vino a darnos doctas explicaciones del dolor, sino que vino a tomarlo silenciosamente sobre si. Al actuar asi, en cambio, lo transformo desde el interior: de signo de maldicion, hizo del dolor un instrumento de redencion. Mas aun: hizo de el el valor supremo, el orden de grandeza mas elevado de este mundo. Despues del pecado, la verdadera grandeza de una criatura humana se mide por el hecho de llevar sobre si el minimo posible de culpa y el maximo posible de pena del pecado mismo. No esta tanto en una u otra cosa tomadas por separado -esto es, o en la inocencia o en el sufrimiento--, sino en la presencia contemporanea de las dos cosas en la misma persona. Este es un tipo de sufrimiento que acerca a Dios. Solo Dios, de hecho, si sufre, sufre como inocente en sentido absoluto.
Sin embargo Jesus no dio solo un sentido al dolor inocente; le confirio tambien un poder nuevo, una misteriosa fecundidad. Contemplemos que broto del sufrimiento de Cristo: la resurreccion y la esperanza para todo el genero humano. Pero miremos lo que sucede a nuestro alrededor. ¡Cuanta energia y heroismo suscita con frecuencia, en una pareja, la aceptacion de un hijo discapacitado, postrado durante años! ¡Cuanta solidaridad insospechada en torno a ellos! ¡Cuanta capacidad de amor que, si no, seria desconocida!
Lo mas importante, en cambio, cuando se habla de dolor inocente, no es explicarlo, sino evitar aumentarlo con nuestras acciones y nuestras omisiones. Pero tampoco basta con no aumentar el dolor inocente; ¡es necesario procurar aliviar el que exista! Ante el espectaculo de una niña aterida de frio que lloraba de hambre, un hombre grito, un dia, en su corazon a Dios: «¡Oh Dios! ¿Donde estas? ¿Por que no haces algo por esa pequeña inocente?». Y Dios le respondio: «Claro que he hecho algo por ella: ¡te he hecho a ti!».
|